domingo, junio 26

Merçi beaucoup, monsieur Aznavour

Una alucinante master class del ídolo francés cautiva el Festival de Pedralbes 


 Josep Sandoval


Noche grande en el Festival Jardins de Pedralbes y otro éxito para Martín Pérez, el organizador que se ha apunado otro tanto al traer a Charles Aznavour.

El cantante francés de origen armenio regaló un compacto recital que sonó a master class, lección magistral, una nueva muestra de que un artista grande lo es por encima de todas las cosas.

Especialmente sobre esa nimiedad llamada edad. Ahora toca escribir y recordar que Aznavour está en sus mejores 02 años, para añadir que en su caso esos 92 años no son nada.
Es decir,sí lo son: el resultado de una experiencia aglutinada a lo largo de una carrera sólida sostenida por una voz personal al servicio de unas vivencias personales y profesionales que han derivado hasta ese punto mágico en que todo lo que emana de su relativamente pequeño físico se convierta en un manantial de sensaciones y emociones.

 Aznavour es sobrenatural, aparece discreto, de azuloscurocasinegro (como la película) terno de solapa más bien ancha y en pico.
No lleva corbata, la camisa tiene cuello Mao con una doble y falsa apariencia de corbata que oculta los botones.
Camina despacio como para no hacer ruido ante una audiencia que le recibe en pie, el aplauso de flor de emoción y aún no ha tenido tiempo ni de saludar.
Llega al centro de a escena donde le esperan sus ocho músicos y las dos voces femeninas, una de ellas Katia, una de sus hijas, a la que que presentará al final, con todos, a pesar de interpretar juntos un tema,

“Je voyage”, el séptimo de una serie de 23 canciones, las 22 anunciadas más una propina en los bises, la célebre “She”.
Comienza Aznavour con “Les emigrants”, cantada en francés, idioma que alternará con el castellano (”en España he tenido la suerte de encontrar un traductor maravilloso, Rafael de León”, dijo), aunque “no se hagan ilusiones, no hablo su idioma”, aunque canto en inglés, italiano, español, por supuesto en francés y algo en ruso, y, no se rían apenas se nada de mi armenio natal”.

 Aznavour emocionó porque vistió el concierto de alma, corazón y vida, le puso intención a todas sus historias que llegaron al público distendido, amable, feliz.

 Fueron apareciendo las canciones de una vida, “Paris au moi d’aout”, “Dime que me amas”, “Mourir d’aimer”, “Mon ami, mon Judas”... y ahí llegó “La mamma”, primera de las grandes ovaciones de la noche. hasta ese momento el aplauso había sido cálido, denso, potente: con “La mamma” ya se vislumbró el increscendo.
Bromeó con la edad, “si, son 92, y para los que crean que falla la memoria, no a mi que tengo aquí un pronter donde leer las letras si me pierdo”. Y también con la voz, “para cantarle al amor no hace falta que sea potente, sino sensible”.

Pero Aznavour está fuerte, es un roble con base de junco que sigue en pie por encima de las tormentas de las modas.

Revuelo en la patea con “Quien”, y agitación total con “Il faut savoir” que dio paso a “Plaisirs demodés”, sl aire de jazz, donde sin chaqueta (de la que se había desprendido hacía rato), trenzó unos sensibles pasos de baile con una pareja imaginaria que sedujo aún más al respetable.

Con “Comme ils disent” llegó al final del concierto con la misma facilidad y fragilidad como lo había comenzado. Con estilo supremo presentó a sus músicos,excepcionales, destacando al pianista, un virtuoso Eric Berchot otra de las delicias de la noche. Sin abandonar el escenario ni hacerse de rogar en ese absurdo de me-voy-pero-todos-sabemos-que-volveré, regaló cinco temas,

“Que c’ est triste Venice””Les deux guitarres”, “She”, “La boheme” y cerró con “Emmenez moi”. El público no se iba, pero él si se fue: como en los grandes musicales de Broadway cuando se baja el telón no se alza hasta la siguiente función. Y parafraseando los versos del primero de estos bises, apuntemos que sentimos profunda emoción recordar el ayer cuando Aznavour nos hablaba de las cosas de la vida. Y lo felices que estamos de verle ahí, emocionándonos con la universalidad de sus temas. De verdad, Venecia sin “ella”, la amada, no es nada, pero la música sin Aznavour, tampoco.




Fuente: La Vanguardia

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